varado dominar

Sergio sintió deseos de saltar por encima del mostrador, pero se contuvo. La decepción se adueñó del semblante de la bibliotecaria con la rapidez con que los alemanes dominaron la península del Peloponeso y entraron en Atenas como los nuevos persas. Por suerte, Sergio rectificó: Es cierto que entre unas cosas y otras nunca nos tomamos el dichoso café.

Y prohibido hablar de oposiciones, que quede claro. El opositor regresó a la sala de estudio. El sonido del Whatsapp resonó en la sala y fue tan vergonzoso que su silbido se ralentizó hasta hacerse imperceptible. Sergio contempló la extensa sabana que era aquella biblioteca como un avezado naturalista. Los bloques de estanterías cubrían las paredes, trufados de libros, como extrañas flores de baobab. Las caras sobre la mesa, en posición de inusitada penitencia estudiaban en relativo silencio.

El sonido de la bocina del acorazado Aurora resonó en el corazón de Sergio, que seguía pensando en su bibliotecaria y en el encuentro que tendría lugar dentro de dos horas. Se abandonó un poco a su fantasía. Después dejó el libro otra vez en la estantería, se sentó en su sitio y volvió a reclinarse sobre la mesa. Repasó mentalmente las fases de la revolución y su cronología; imaginó la brillante calva de Beria en su oficina de la Lubianka bajo la luz de una vela, organizando viajes a Siberia sin billete de vuelta.

Un ruido ensordecedor hizo crujir las ventanas y todas las cabezas se volvieron un instante. Al menos la Guerra Fría ha terminado, se dijo y miró su reloj, que se resistía a rebasar las siete de la tarde.

La biblioteca es un espacio que asemeja un vacío. Las paredes de libros, la luz que entra por la ventana apenas tamizada por los delgados estores, componen un ambiente de misterioso limbo. Sergio notaba cómo su rendimiento se disparaba, pero después de su encuentro con la bibliotecaria le costaba centrarse.

Retomó el cuarto plan quinquenal y sintió un leve vértigo al repasar las miles de toneladas de trigo y acero. Luego subrayó en su ficha estajanovismo y notó un fuerte dolor de riñones y sus manos hinchadas, incapaces de sujetar el bolígrafo.

La puerta de la sala se abrió. La bibliotecaria entró empujando el carrito con los libros para ser devueltos a su sitio y los fue colocando uno a uno, con delicada parsimonia. Sergio reparó en uno de los títulos: El espía que surgió del frío. Derribado el 9 de noviembre de Otra vez aquel automatismo. La bibliotecaria se acercó hacia donde estaba y le tocó con la varita de sus dedos. Las manos de la bibliotecaria se deslizaban por el lomo de los libros, que parecían arquearse de gusto como un gato, a veces coincidían con las de Sergio y ese leve roce, agitaba su respiración y le llenaba de expectativas.

Las hojas de los libros se transformaron en una lluvia fina que les envolvió durante ese escaso minuto de complicidad, como a Lara y Yuri en su dacha de verano, rodeada de narcisos amarillos. Fue una deliciosa pausa para Sergio, que vio como se alejaban por un momento sus obsesiones. Gorbachov se acercó entonces y con gesto serio se lo llevó de nuevo hacia su mesa. De mis lecturas imberbes recuerdo con cariño una serie de novelas juveniles en las que el protagonista era un tal Flanagan, adolescente aspirante a detective.

No porque tengan nada que ver en lo argumental, sino porque ambos fueron escritos a dos o cuatro, siendo rigurosos manos. Años después, ya no tan flaganadicto, con barba, pero sin mucho conocimiento, Andreu Martín vino a mi ciudad.

Obtuve la autorización de mi profesora de Lengua para asistir a la charla que iba a dar en la Biblioteca Municipal. Un par de horas sin mí en clase seguro que era un alivio.

Parece mentira haberme convertido ahora en don sermones. Pero bueno, a lo que iba. Al señor Andreu Martín le hice dos preguntas, la primera, lo molesto que estaba porque en sus novelas los malos siempre eran heavies. La segunda, cómo era capaz de organizarse para escribir con otra persona. Recordar sus respuestas sin inventarme nada sería mucho pedir. Vamos con lo segundo, parece algo difícil, ya que el acto de escribir tiene mucho de onanismo, pero no imposible.

Émile Erckmann y Louis-Alexandre Chatrian nacieron en la región de Lorena, que con la vecina Alsacia fue zona de disputa franco-alemana y polvorín europeo. Añado estos detalles porque su tierra natal es la materia prima con la que trabajan Erckmann-Chatrian, con independencia del tema.

Una colaboración que se extendió de manera ininterrumpida desde a , nada menos. Fue una relación fructífera y exitosa, a partes iguales. Hay que precisar que el reparto de tareas no era al cincuenta por ciento. El esbozo de las historias lo hacían entre los dos, pero las obras eran escritas en su mayor parte por Erckmann. Chatrian hacía después las labores de representante-administrador y negociaba contratos, derechos, etc. La producción de Erckmann-Chatrian, como la de numerosos escritores de la época, es notable en cantidad casi el centenar, entre novelas y piezas teatrales y calidad a decir de la crítica.

Valdemar si mantiene disponible La invasión, o el loco Yegof , que describe la campaña de Rusia y es el precedente de las novelas que históricas que yo he leído. Los Cuentos de las orillas del Rin son una antología con la traducción actualizada de Mercedes López-Ballesteros. Lo editó Reino de Redonda y contiene un sustancioso prólogo de Javier Marías.

Son ocho historias ambientadas en la tierra natal de Erckann-Chatrian, tienen por tanto un tono costumbrista y popular: No llegan a ser de terror, pero si tienen un importante elemento sobrenatural y cierto tono jocoso, burlón, o eso parece. La ladrona de niños te tiene en un puño todo el rato y el final es escalofriante.

He leído varias reseñas después y en general, creo que todos coincidimos en el placer de caer en el saco de un verdadero contador de historias, la evocación de un tiempo lejano, para leer a la luz de la lumbre, donde casi nada tenía explicación y la noche era, por definición, patrimonio de las tinieblas y el sueño, no de la luz azul. Las otras dos novelas tienen como protagonista a José, joven aprendiz de relojero de Falsburgo localidad natal de Erckmann.

Aparte de ese protagonista de origen humilde, son historias que se desarrollan en el contexto de hechos históricos relevantes, pero desde el punto de vista de una persona del pueblo, corriente y moliente. Son muy entretenidas, narradas en primera persona, costumbristas y de aventuras, hay de todo un poco. Tienen partes que han envejecido mal, como es lógico y otras que mantienen el pulso y la emoción con la que fueron escritas.

El pobre José quiere casarse con su prima Catalina, pero a Napoleón se la ha puesto entre ceja y ceja dominar Europa. José se ha librado de las quintas porque es cojo, pero tras la debacle de la invasión de Rusia es llamado a filas. Asistimos a las cuitas del nuestro recluta, en marchas interminables y batallas cruentas donde los soldados se disponen como peones en un tablero de ajedrez y son barridos por la metralla o luchan como animales por salvar el pellejo.

Esto en una población europea de millones. Y Erckmann-Chatrian se lo toman. Aunque nacieron con posterioridad a los hechos, es casi seguro que utilizaron fuentes orales para preparar sus historias, hay una carga de veracidad innegable.

Aparte de José, destaca el personaje del Señor Gulden, maestro y mentor, antiguo jacobino que representa la esencia del republicanismo que abanderaban Erckmann-Chatrian.

La tía Gredel, con su pragmatismo, hace de contrapunto, especialmente en Waterloo. Porque la guerra en estas novelas es vista como un horror, como una perturbación en la vida de gentes sencillas que son lanzadas a matar a otras, sin motivo real, tan solo el capricho de una élite hambrienta de poder que ha traicionado los principios de una revolución loable. Sirva de ejemplo un fragmento de este encendido discurso del citado señor Gulden: Me parece notable la descripción de la restauración borbónica, el regreso de los emigrados y el cambio de chaqueta de los oportunistas una abrumadora mayoría.

De adorar a la diosa razón, gritar vivas al Emperador y acudir a misa en tromba, muchos pasan sin un pestañeo. Pero es un relato bélico de altura. Por ejemplo, cuando el señor Gulden dice: Desde luego, Erckmann-Chatrian sabían de qué va nuestro mundo. De hecho, cada capítulo es nombrado como una de las canciones del disco. Durante siete días y seis noches de insomnio, primera alusión mítica en un libro plagado de ellas, acompañaremos a Sandino en su Toyota Prius por las calles de Barcelona.

Una semana donde parece concentrarse toda una vida, uno de esos momentos de crisis existencial que jalonan la madurez. Y es que Sandino huye de todos y de sí mismo, pero vuelve como un yoyó. Su mujer le espera para tener con él una conversación, algo serio, se entiende. Sobre todo, vista la promiscuidad de Sandino, que dice querer a su mujer y no desea perderla, pero aprovecha los intersticios que le deja el trabajo para dejarse caer en los brazos de sus numerosas amantes, presentes y pasadas.

Zanón construye un personaje agarrado con uñas y dientes a su inmadurez. Todavía haciendo gala de un mote que le pusieron a los diecisiete años, revoloteando como un niño, dando vueltas en círculo en torno a la vida adulta sin atreverse a entrar.

Y es que el personaje de Sandino es el plato principal de Taxi, que viene acompañado, sin embargo, de numerosa guarnición. A los aperitivos les sigue el marisco, luego la carne, el sorbete, el consomé y acaba uno con los chupitos, café y postre. Foto de Carlos Zanón durante la promoción de Taxi fuente: Aparece intercalado el diario olvidado de una niña huérfana, a través del cual se indaga en las raíces sociales del protagonista y un choque de clases que aflora al final.

Por mucho que haya un exmosso corrupto y dolido por unos cuernos o clubes donde se aturde a los borrachos con burundanga para sacarles las entrañas o marroquíes que pasan sin transición del hachís y el rap a la yihad. Pero como reclamo publicitario, decir que es un retrato de la Barcelona real, la gran novela sobre Barcelona y etcétera, seguro que funciona. Cuestión esta, la de la mentira, muy interesante y que Zanón trabaja en varios momentos nada secundarios.

Para acabar, vuelta a la calma. Taxi es una novela que se resiste a las clasificaciones. En realidad, es una manera de tenernos enganchados. Un aditivo, el glutamato monosódico que potencia el sabor del relato. Todos universales que otorgan una larga fecha de caducidad a Taxi. No es una novela ni mucho menos perecedera, de usar y tirar. El estilo de Zanón ya lo conocemos.

Hay poesía encubierta o deliberada, hay momentos de ametralladora y pausas filosóficas. Me gusta, me conmueve. Cualquiera se siente a veces como Sandino, aferrado a su pasado, sin futuro, deambulando por el presente como si le hubieran echado burundanga en el vaso. Tirar hacia delante, ayudar a los amigos. Vengarse y ser vengado. Tener sexo sin amor y amor sin sexo.

Enamorarse, sobre todo de uno mismo y desear justo lo que uno no tiene en ese momento, en un bucle sin fin. Un kamikaze que quiere matarse y a la vez salir ileso, sin poder explicar esa paradoja. Una novela al servicio de un personaje. Escribí esta reseña del tirón, después de acabar Taxi , hace un mes o así. Apenas si he corregido algunas repeticiones, de ahí su tono tan crudo. De paso, me he dado cuenta, sobre todo después del encuentro con Zanón el pasado 1 de marzo, que hay cuestiones nada desdeñables que pasé un poco por alto.

Por ejemplo, en una entrevista en El Periódico , Zanón afirma lo siguiente: A medida que va avanzando la novela Sandino va entendiendo cosas de la vida de su abuela, que es una novela en sí, y el paralelismo del desclasamiento en una sociedad como la de Barcelona que no se ve, pero es muy clasista.

Quería una novela que se saliese del marco y manchase la pared. Una sociedad clasista funciona creando la apariencia de que no lo es, hasta que te dejan claro que no eres de ellos. En fin, que hay mucha miga en Taxi. Se titula Geppetto y las cien mil camisas. Lo podéis leer aquí. Me despido con mis mejores deseos para esta semana tan santa que se avecina.

C uando era niño, en la cocina de mi casa había una pequeña radio. Mi madre sintonizaba la emisora local, donde pinchaban una y otra vez los hits del momento. Junto al reproductor de casetes siempre había alguna cinta con las mejores muestras de la canción melódica.

Viendo la portada de sus cintas, me parecía una señora guapa, con algo de barba y pecho prominente. No imaginaba, con mis escasos cinco o seis años, que guardara el dinero negro en bolsas de basura. Por allí andaba también Julio Iglesias, sobre el que sobran las palabras y un cantante que se hacía llamar El Puma. Desde niño he sido propenso a sufrir ataques de melancolía.

Durante este periodo de aprendizaje hubo también flamenco al calor de la lumbre los domingos de invierno, la boca llena con un pedazo de longaniza cocinada entre las brasas, sorbiendo a escondidas de la bota de vino tinto.

Mi favorita era la del Equipo-A, con el redoble de caja al principio, la melodía principal con las trompetas y después la guitarra eléctrica acompañada del piano, en fin, una pequeña joya. Estos momentos musicales se llegaron a entremezclar con un incipiente deseo sexual, sobre todo cuando presencié de manera subrepticia la actuación de Sabrina, sobrecogido por el silencio de los adultos varones que en la habitación se hallaban petrificados frente al televisor.

Con toda probabilidad me ayudaron a interiorizar la escala mayor natural. Por supuesto, carecía de cualquier tipo de destreza musical. Su casa fue demolida para levantar pisos y me pregunto qué fue de aquella foto de primera comunión que mis padres le regalaron y que colocó orgullosa en el aparador de la entrada. En ella aparecía un bebé de pocos meses sumergido en una piscina, tratando de alcanzar un billete de un dólar prendido de un anzuelo.

Me identificaba con Kurt Cobain, su voz desgarrada, la distorsión y el ruido, despertaba en mí emociones y sentimientos reprimidos. Pero Nirvana era como mi sombra, porque se proyectaba a partir de mí mismo y era un reflejo aproximado de lo que yo sentía. Ese compañero de clase se llamaba Víctor. Había vivido en Madrid, era dos años mayor, iba en moto, llevaba un largo flequillo teñido de rubio con agua oxigenada y pendientes de aro.

En fin, cumplía todos los requisitos de cualquier chico malo, y por alguna razón permitía que hablara con él o compartiéramos un cigarrillo de vez en cuando.

También que el mejor grupo español, en opinión de Víctor, era Barricada y un grafiti en una tapia acabó de refrendarlo. Es extraño pensar que las personas que me iniciaron en el arte murieran de esa forma violenta, pero así es la vida, te estalla en las narices como una bomba si apenas rozas, con intención o sin ella, el cable equivocado. Los recipientes atascados a bordo de los barcos son el siguiente problema. Podría ocurrir que el control de los buques que apenas fueron tomados en alquiler por Hanjin vuelva a sus actuales propietarios, quienes después podrían llevarlos a un puerto.

Todavía tendrían que remover la carga, pero luego los buques podrían ser arrendados a otras empresas. Es probable que los buques de propiedad directa de Hanjin tengan que ser vendidos antes de que alguien proporcione el dinero para llevarlos a puerto y descargarlos. El hecho de que tendrían que ser vendidos en el mar, y con una carga de contenedores en mora a bordo, probablemente reduciría el precio de los buques. Cada barco varado tiene alrededor de 15 a 25 tripulantes a bordo.

Imagínese, hay cerca de En el peor de los casos, si no pueden pagar por combustible, corren el riesgo de meterse en problemas serios. En ese caso, sin embargo, los puertos cercanos probablemente se verían obligados a aceptarlos. La flota naviera con Derechos de autor de la imagen Getty Images Image caption Es la mayor quiebra en la historia naval mundial.

... En las playas de San Lázaro se ha visto un barco varado, pero no se ha no tardarán en dominar completamente al pais, desorganizado y debilitado con sus . 30 May Por Onelia Chaveco El barco Destint varado con 29 mil toneladas de de 82 grados, para dominar las corrientes y acceder a la entrada de la. (yo) he varado; (tú) has varado; (él/ella/Ud.) ha varado; (nosotros) hemos varado; (vosotros) Verbos similares en español: quedarse, dominar, recuperar.

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Sergio notaba cómo su rendimiento se disparaba, pero después de su encuentro con la bibliotecaria le costaba centrarse. Retomó el cuarto plan quinquenal y sintió un leve vértigo al repasar las miles de toneladas de trigo y acero. Luego subrayó en su ficha estajanovismo y notó un fuerte dolor de riñones y sus manos hinchadas, incapaces de sujetar el bolígrafo.

La puerta de la sala se abrió. La bibliotecaria entró empujando el carrito con los libros para ser devueltos a su sitio y los fue colocando uno a uno, con delicada parsimonia. Sergio reparó en uno de los títulos: El espía que surgió del frío. Derribado el 9 de noviembre de Otra vez aquel automatismo. La bibliotecaria se acercó hacia donde estaba y le tocó con la varita de sus dedos. Las manos de la bibliotecaria se deslizaban por el lomo de los libros, que parecían arquearse de gusto como un gato, a veces coincidían con las de Sergio y ese leve roce, agitaba su respiración y le llenaba de expectativas.

Las hojas de los libros se transformaron en una lluvia fina que les envolvió durante ese escaso minuto de complicidad, como a Lara y Yuri en su dacha de verano, rodeada de narcisos amarillos. Fue una deliciosa pausa para Sergio, que vio como se alejaban por un momento sus obsesiones.

Gorbachov se acercó entonces y con gesto serio se lo llevó de nuevo hacia su mesa. De mis lecturas imberbes recuerdo con cariño una serie de novelas juveniles en las que el protagonista era un tal Flanagan, adolescente aspirante a detective.

No porque tengan nada que ver en lo argumental, sino porque ambos fueron escritos a dos o cuatro, siendo rigurosos manos. Años después, ya no tan flaganadicto, con barba, pero sin mucho conocimiento, Andreu Martín vino a mi ciudad. Obtuve la autorización de mi profesora de Lengua para asistir a la charla que iba a dar en la Biblioteca Municipal. Un par de horas sin mí en clase seguro que era un alivio. Parece mentira haberme convertido ahora en don sermones.

Pero bueno, a lo que iba. Al señor Andreu Martín le hice dos preguntas, la primera, lo molesto que estaba porque en sus novelas los malos siempre eran heavies. La segunda, cómo era capaz de organizarse para escribir con otra persona.

Recordar sus respuestas sin inventarme nada sería mucho pedir. Vamos con lo segundo, parece algo difícil, ya que el acto de escribir tiene mucho de onanismo, pero no imposible. Émile Erckmann y Louis-Alexandre Chatrian nacieron en la región de Lorena, que con la vecina Alsacia fue zona de disputa franco-alemana y polvorín europeo. Añado estos detalles porque su tierra natal es la materia prima con la que trabajan Erckmann-Chatrian, con independencia del tema.

Una colaboración que se extendió de manera ininterrumpida desde a , nada menos. Fue una relación fructífera y exitosa, a partes iguales. Hay que precisar que el reparto de tareas no era al cincuenta por ciento.

El esbozo de las historias lo hacían entre los dos, pero las obras eran escritas en su mayor parte por Erckmann. Chatrian hacía después las labores de representante-administrador y negociaba contratos, derechos, etc. La producción de Erckmann-Chatrian, como la de numerosos escritores de la época, es notable en cantidad casi el centenar, entre novelas y piezas teatrales y calidad a decir de la crítica.

Valdemar si mantiene disponible La invasión, o el loco Yegof , que describe la campaña de Rusia y es el precedente de las novelas que históricas que yo he leído. Los Cuentos de las orillas del Rin son una antología con la traducción actualizada de Mercedes López-Ballesteros.

Lo editó Reino de Redonda y contiene un sustancioso prólogo de Javier Marías. Son ocho historias ambientadas en la tierra natal de Erckann-Chatrian, tienen por tanto un tono costumbrista y popular: No llegan a ser de terror, pero si tienen un importante elemento sobrenatural y cierto tono jocoso, burlón, o eso parece. La ladrona de niños te tiene en un puño todo el rato y el final es escalofriante. He leído varias reseñas después y en general, creo que todos coincidimos en el placer de caer en el saco de un verdadero contador de historias, la evocación de un tiempo lejano, para leer a la luz de la lumbre, donde casi nada tenía explicación y la noche era, por definición, patrimonio de las tinieblas y el sueño, no de la luz azul.

Las otras dos novelas tienen como protagonista a José, joven aprendiz de relojero de Falsburgo localidad natal de Erckmann. Aparte de ese protagonista de origen humilde, son historias que se desarrollan en el contexto de hechos históricos relevantes, pero desde el punto de vista de una persona del pueblo, corriente y moliente.

Son muy entretenidas, narradas en primera persona, costumbristas y de aventuras, hay de todo un poco. Tienen partes que han envejecido mal, como es lógico y otras que mantienen el pulso y la emoción con la que fueron escritas. El pobre José quiere casarse con su prima Catalina, pero a Napoleón se la ha puesto entre ceja y ceja dominar Europa. José se ha librado de las quintas porque es cojo, pero tras la debacle de la invasión de Rusia es llamado a filas.

Asistimos a las cuitas del nuestro recluta, en marchas interminables y batallas cruentas donde los soldados se disponen como peones en un tablero de ajedrez y son barridos por la metralla o luchan como animales por salvar el pellejo. Esto en una población europea de millones. Y Erckmann-Chatrian se lo toman. Aunque nacieron con posterioridad a los hechos, es casi seguro que utilizaron fuentes orales para preparar sus historias, hay una carga de veracidad innegable.

Aparte de José, destaca el personaje del Señor Gulden, maestro y mentor, antiguo jacobino que representa la esencia del republicanismo que abanderaban Erckmann-Chatrian. La tía Gredel, con su pragmatismo, hace de contrapunto, especialmente en Waterloo. Porque la guerra en estas novelas es vista como un horror, como una perturbación en la vida de gentes sencillas que son lanzadas a matar a otras, sin motivo real, tan solo el capricho de una élite hambrienta de poder que ha traicionado los principios de una revolución loable.

Sirva de ejemplo un fragmento de este encendido discurso del citado señor Gulden: Me parece notable la descripción de la restauración borbónica, el regreso de los emigrados y el cambio de chaqueta de los oportunistas una abrumadora mayoría. De adorar a la diosa razón, gritar vivas al Emperador y acudir a misa en tromba, muchos pasan sin un pestañeo. Pero es un relato bélico de altura. Por ejemplo, cuando el señor Gulden dice: Desde luego, Erckmann-Chatrian sabían de qué va nuestro mundo. De hecho, cada capítulo es nombrado como una de las canciones del disco.

Durante siete días y seis noches de insomnio, primera alusión mítica en un libro plagado de ellas, acompañaremos a Sandino en su Toyota Prius por las calles de Barcelona. Una semana donde parece concentrarse toda una vida, uno de esos momentos de crisis existencial que jalonan la madurez. Y es que Sandino huye de todos y de sí mismo, pero vuelve como un yoyó. Su mujer le espera para tener con él una conversación, algo serio, se entiende.

Sobre todo, vista la promiscuidad de Sandino, que dice querer a su mujer y no desea perderla, pero aprovecha los intersticios que le deja el trabajo para dejarse caer en los brazos de sus numerosas amantes, presentes y pasadas.

Zanón construye un personaje agarrado con uñas y dientes a su inmadurez. Todavía haciendo gala de un mote que le pusieron a los diecisiete años, revoloteando como un niño, dando vueltas en círculo en torno a la vida adulta sin atreverse a entrar. Y es que el personaje de Sandino es el plato principal de Taxi, que viene acompañado, sin embargo, de numerosa guarnición.

A los aperitivos les sigue el marisco, luego la carne, el sorbete, el consomé y acaba uno con los chupitos, café y postre. Foto de Carlos Zanón durante la promoción de Taxi fuente: Aparece intercalado el diario olvidado de una niña huérfana, a través del cual se indaga en las raíces sociales del protagonista y un choque de clases que aflora al final.

Por mucho que haya un exmosso corrupto y dolido por unos cuernos o clubes donde se aturde a los borrachos con burundanga para sacarles las entrañas o marroquíes que pasan sin transición del hachís y el rap a la yihad.

Pero como reclamo publicitario, decir que es un retrato de la Barcelona real, la gran novela sobre Barcelona y etcétera, seguro que funciona. Cuestión esta, la de la mentira, muy interesante y que Zanón trabaja en varios momentos nada secundarios. Para acabar, vuelta a la calma. Taxi es una novela que se resiste a las clasificaciones. En realidad, es una manera de tenernos enganchados. Un aditivo, el glutamato monosódico que potencia el sabor del relato. Todos universales que otorgan una larga fecha de caducidad a Taxi.

No es una novela ni mucho menos perecedera, de usar y tirar. El estilo de Zanón ya lo conocemos. Hay poesía encubierta o deliberada, hay momentos de ametralladora y pausas filosóficas.

Me gusta, me conmueve. Cualquiera se siente a veces como Sandino, aferrado a su pasado, sin futuro, deambulando por el presente como si le hubieran echado burundanga en el vaso. Tirar hacia delante, ayudar a los amigos. Vengarse y ser vengado. Tener sexo sin amor y amor sin sexo. Enamorarse, sobre todo de uno mismo y desear justo lo que uno no tiene en ese momento, en un bucle sin fin.

Un kamikaze que quiere matarse y a la vez salir ileso, sin poder explicar esa paradoja. Una novela al servicio de un personaje. Escribí esta reseña del tirón, después de acabar Taxi , hace un mes o así. Apenas si he corregido algunas repeticiones, de ahí su tono tan crudo. De paso, me he dado cuenta, sobre todo después del encuentro con Zanón el pasado 1 de marzo, que hay cuestiones nada desdeñables que pasé un poco por alto.

Por ejemplo, en una entrevista en El Periódico , Zanón afirma lo siguiente: A medida que va avanzando la novela Sandino va entendiendo cosas de la vida de su abuela, que es una novela en sí, y el paralelismo del desclasamiento en una sociedad como la de Barcelona que no se ve, pero es muy clasista. Quería una novela que se saliese del marco y manchase la pared. Una sociedad clasista funciona creando la apariencia de que no lo es, hasta que te dejan claro que no eres de ellos.

En fin, que hay mucha miga en Taxi. Se titula Geppetto y las cien mil camisas. Lo podéis leer aquí. Me despido con mis mejores deseos para esta semana tan santa que se avecina. C uando era niño, en la cocina de mi casa había una pequeña radio. Mi madre sintonizaba la emisora local, donde pinchaban una y otra vez los hits del momento. Junto al reproductor de casetes siempre había alguna cinta con las mejores muestras de la canción melódica.

Viendo la portada de sus cintas, me parecía una señora guapa, con algo de barba y pecho prominente. No imaginaba, con mis escasos cinco o seis años, que guardara el dinero negro en bolsas de basura. Por allí andaba también Julio Iglesias, sobre el que sobran las palabras y un cantante que se hacía llamar El Puma.

Desde niño he sido propenso a sufrir ataques de melancolía. Durante este periodo de aprendizaje hubo también flamenco al calor de la lumbre los domingos de invierno, la boca llena con un pedazo de longaniza cocinada entre las brasas, sorbiendo a escondidas de la bota de vino tinto. Mi favorita era la del Equipo-A, con el redoble de caja al principio, la melodía principal con las trompetas y después la guitarra eléctrica acompañada del piano, en fin, una pequeña joya.

Estos momentos musicales se llegaron a entremezclar con un incipiente deseo sexual, sobre todo cuando presencié de manera subrepticia la actuación de Sabrina, sobrecogido por el silencio de los adultos varones que en la habitación se hallaban petrificados frente al televisor. Con toda probabilidad me ayudaron a interiorizar la escala mayor natural. Por supuesto, carecía de cualquier tipo de destreza musical. Su casa fue demolida para levantar pisos y me pregunto qué fue de aquella foto de primera comunión que mis padres le regalaron y que colocó orgullosa en el aparador de la entrada.

En ella aparecía un bebé de pocos meses sumergido en una piscina, tratando de alcanzar un billete de un dólar prendido de un anzuelo. Me identificaba con Kurt Cobain, su voz desgarrada, la distorsión y el ruido, despertaba en mí emociones y sentimientos reprimidos. Pero Nirvana era como mi sombra, porque se proyectaba a partir de mí mismo y era un reflejo aproximado de lo que yo sentía.

Ese compañero de clase se llamaba Víctor. Había vivido en Madrid, era dos años mayor, iba en moto, llevaba un largo flequillo teñido de rubio con agua oxigenada y pendientes de aro. En fin, cumplía todos los requisitos de cualquier chico malo, y por alguna razón permitía que hablara con él o compartiéramos un cigarrillo de vez en cuando.

También que el mejor grupo español, en opinión de Víctor, era Barricada y un grafiti en una tapia acabó de refrendarlo. Es extraño pensar que las personas que me iniciaron en el arte murieran de esa forma violenta, pero así es la vida, te estalla en las narices como una bomba si apenas rozas, con intención o sin ella, el cable equivocado.

Para el caso que nos ocupa hoy en la llanura, El ADN dictador , se trata de una eficaz introducción al mundo de la genética. Imparte clases de Evolución y Genética en la Universidad Autónoma de Madrid y este bagaje docente intuyo que ha sido clave para ofrecer un libro instructivo y ameno a la vez.

El hilo conductor es una mujer ficticia, Ale, cuyas dudas y observaciones cotidianas dan pie a muchos de los temas tratados. La cuestión es cultivar la tierra inculta, no arar lo ya arado.

De gran interés son los capítulos dedicados a la deriva por azar. Es sugerente pensar, sobre todo por el difícil encaje con el reduccionismo-apisonadora actual, que cada persona es una de entre millones de combinaciones posibles. Puede que una simple mutación esté en el origen de la expansión del neocórtex humano, un clic casual que encendió la mecha de nuestra inteligencia. De verdad que no entiendo por qué la gente se devana los sesos con las religiones, con lo fascinante que es la ciencia.

Como es rutina en El ADN dictador , Miguel Pina trata de desmontar mitos respecto a las mutaciones, que serían pre adaptativas y no al revés. Conocer que existe un nexo de unión entre todos los seres vivos del planeta es hermoso, hay una poesía que subyace, aunque enseguida venga un jarro de agua fría: El autor en la foto aborda cuestiones que han hecho devanarse los sesos a cerebros de generaciones y culturas diferentes: Una de las cosas que me gusta de este libro es que no ofrece respuestas categóricas.

Se aportan indicios, pruebas, afirmaciones, con infinita prudencia. Se deja un campo para el debate y la reflexión. No es dogma y esta es diferencia esencial entre ciencia, religión e ideología que no deja de ser una forma de religión, ya que el matiz se persigue como disidencia. Hay que decir que Miguel Pina se moja. Sin llegar a negar la maleabilidad de nuestra especie, fuertemente influida por su nicho cultural y con un cerebro, como explica Pita, bastante mentirosillo.

El amor, el miedo a la muerte y otros comportamientos inconscientes son tratados al final, creo que con menos consistencia o detalle que los anteriores.

Una posible solución sería que las empresas dueñas del contenido de dichos contenedores pidan a otras compañías de transporte que intervengan y sigan a partir de donde los dejó Hanjin. El costo de esto sería inmenso y sería aparte de cualquier cosa que ya hubiesen pagado de antemano a Hanjin.

Los recipientes atascados a bordo de los barcos son el siguiente problema. Podría ocurrir que el control de los buques que apenas fueron tomados en alquiler por Hanjin vuelva a sus actuales propietarios, quienes después podrían llevarlos a un puerto. Todavía tendrían que remover la carga, pero luego los buques podrían ser arrendados a otras empresas. Es probable que los buques de propiedad directa de Hanjin tengan que ser vendidos antes de que alguien proporcione el dinero para llevarlos a puerto y descargarlos.

El hecho de que tendrían que ser vendidos en el mar, y con una carga de contenedores en mora a bordo, probablemente reduciría el precio de los buques. Cada barco varado tiene alrededor de 15 a 25 tripulantes a bordo. Imagínese, hay cerca de En el peor de los casos, si no pueden pagar por combustible, corren el riesgo de meterse en problemas serios.

En ese caso, sin embargo, los puertos cercanos probablemente se verían obligados a aceptarlos.